jueves, 28 de abril de 2011

Rimadero de Doña Ígnea


[ ... ] Y le dijo Dona Ígnea a su fiel Don caballero:
- No es mi presente suficiente para cumplir vuestro deseo? Pues la llama que os entrego es más sutil que un agujero..
Al oír esto esto el caballero, enojado y con recelo, contestó lo que aquí entrego:
- Me ofenden y entristecen las palabras que ahora oigo, pues el amor que por vos siento es sincero, no jolgorio. No dudéis del sentimiento ni de los versos que os ofrezco, son latientes las palabras que ahora por vos manifiesto:

"Luz de luna embellecida,
platina lumbre del gran cielo,
mirada celeste que me alumbra
en mi pálido arrepentimiento.

Muchas guerras he vivido,
muchas más veré, en efecto,
pues mi espada ya oxidada
vive triste, en cuerpo hambriento."

Al oír estas palabras, Doña Ígnea sollozó, deleitada por los versos que su amado allí entonó.
Es la historia de un romance, sucedió en el frío enero, dos personas que se amaron, consumando amor eterno.


jueves, 21 de abril de 2011

Dos caladas

Enciendo un pequeño fósforo y seguidamente prendo la punta del cigarro. Inhalo humo.
Siempre he pensado que un cigarrillo es como la vida. Se consume lentamente. Cada calada representa un pequeño instante de placer o felicidad que durante unos segundos prende incandescente, brilla, mientras se introduce en tu ser. Luego saboreas el momento. Lo tienes dentro, lo estas viviendo, y millones de sensaciones se desatan dentro de ti. Por ultimo lo expulsas, solo queda el recuerdo de lo que fue, y la estela de humo, para recordártelo.

Otra calada.

Cada uno de estos momentos es irrepetible, no aspiraras dos veces el mismo humo, ni vivirás dos veces el mismo hecho.
La nueva calada te trae nuevas experiencias, pero aun queda en tus labios el sabor de la anterior. El humo aun es visible, pero cada vez mas difuminado en el ambiente, hasta que desaparece, para dejar paso a otra ráfaga de vivencias. Puede que esta haya sido amarga, o incluso más placentera que la anterior, pero no por ello mejor ni peor.


Sacudo la ceniza.

El cenicero se va llenando de la gris materia que deja tras de sí un recuerdo. Al principio compacto, pero poco a poco se va dispersando por el peso de nuevos trozos de ceniza, que substituyen los antiguos. Algunos perduran, resultado de intensas caladas que han prendido en tus adentros. Otros se desvanecen al caer, frágiles motas de polvo, demasiado débiles para perdurar, sin fuerza para resistir.

Apago el cigarro.

Al final, cuando solo quedan los suspiros que queman los labios, terminas. No hay tiempo para más. Aprietas la pequeña barrita incandescente contra el cenicero. Solo queda una pequeña parte de lo que una vez fue, arrugado, dejando tras de si una ínfimo hilo de humo, que te rodea con la fragancia que solo la vida emana.

sábado, 16 de abril de 2011

Sueños despiertos


Otra vuelta. Que hora debe ser? He dormido algo? Me levanto de la cama para mirar la hora. Las cuatro de la mañana. No se si he dormido. Estoy demasiado lucido. Vuelve el miedo.”

Cuando sufres insomnio llega un punto de la noche que empiezas a desvariar. No puedes recordar si has conseguido dormir algo, solo tienes la sensación que llevas horas y horas buscando el lado cómodo de la almohada.

Cero somnolencia. Vuelve el miedo.”

Preocupaciones.



Nunca he tratado mi problema con ningún medico. No me gustan, ni ellos ni los medicamentos. Y aquí me encuentro una noche mas en vilo. Que me preocupa hoy? Porque no duermo?
La consciencia, y por consiguiente el subconsciente, es nuestro peor enemigo. Podemos pasar meses con algo que nos corroe por dentro, y ni si quiera saber exactamente que es.

Me levanto de la cama, agobiado. En la cocina el perro solo asoma la cabeza ante mi llegada, y sigue durmiendo. Como lo envidio. Me lío un cigarro y me caliento un baso de leche.
Inhalo el humo, cierro los ojos. Que coño pasa?”

Hace años que sufro este trastorno, y nunca te acostumbras. Viene y va. Nunca sabes que noche te va a tocar. Hasta que toca.
La misma tensión de querer dormir y no poder sube hasta mi cabeza. Aparece todo lo que me inquieta, y tienes un terrible sentimiento de miedo, miedo a todo y a nada, un miedo sin nombre, que no desaparece hasta que amanece.

El trabajo? No, puede que mi superior sea un cabronazo, pero no es el que me quita el sueño. Reflexiono. Los estudios? Tampoco. Mi vida personal? No, me importa un comino estar solo, tengo buenos amigos. Siento una pequeña taquicardia. Me estoy empezando a poner nervioso, y eso no es bueno, lo sabes”

Llega un punto de la noche, en que la angustia es tanta, que desistes de intentar dormir. Televisión, ordenador, libros...cualquier cosa que te haga no pensar en todo. Piensas en todo. Durante el periodo de insomnio, todo es negro. Cualquier situación que pienses te paraliza. Todo es miedo. Estas solo, tu y esa habitación, tu y tus pensamientos. Totalmente solo. Aterrador.

Me fumo otro cigarro. Que hora debe ser ya?”

jueves, 14 de abril de 2011

La espera

Una sala fría y gris. Un ambiente tétrico, como si le hubieran quitado toda la luz y la energía a ese lugar. La sala de espera de un hospital siempre me había desesperado.
Algunos caminaban, perdidos, sin rumbo aparente, vagabundeando de un lado a otro de la habitación. Otros, permanecían sentados, con el desanimo que aquel lugar inspiraba.

Una pequeña muchacha sonreía, mientras sostenía una muñeca de tela, ignorante del motivo por el que estaba allí. Su madre, o al menos eso parecía, le reprochaba los gritos, obligándola a permanecer sentada y en silencio.
Un anciano observaba la situación. Parecía cansado, apoyaba su cabeza sobre los cansados brazos. Su mirada turbia escondía unos ojos azul grisáceo. Bostezo. Se le veía acostumbrado a aquella situación, como si se tratase de algo rutinario.



La enfermera vociferó el nombre de otro paciente, a la vez que otra persona salia del consultorio.
Otro más pa' adentro” – Pensé. Siempre he tenido una idea negativa de los centros médicos y nunca los pisaba a no ser que fuera estrictamente necesario. Cuando alguien acude al medico es porque algo va mal y no me gusta que las cosas vayan mal.

La verdad, no es que estuviera especialmente grave, pero la molestia en el estomago hacia ya demasiados días que duraba, y ya fuera por la presión de mi familia o por mi profundo sentimiento hipocondríaco, decidí que me lo miraran.
Otra mujer fue despachada de la consulta. Su cara expresaba preocupación. La mano del medico sobre su hombro, acompañando a la triste dama, no hacia mas que agravar la escena.

Los nervios comenzaron a traicionarme. Un ligero sudor comenzó a emanar de mis sienes y axilas. “¿ Realmente me encontraba tan mal?” Mi cerebro, muerto de miedo, empezó a disuadir el dolor, a lo que a mi mente surgió la gran frase: “¡ Pero si ya no me duele !”
Titubee un instante. Que debía hacer? Marcharme y que la naturaleza siguiera su curso? Me gustaba respaldarme en soluciones naturistas y conspiraciones anti-sanitarias para librarme de la visita.

De pronto, todo se nubló. Un escalofrío recorrió mi cuello. Era mi nombre el que acababa de pronunciar aquella robusta enfermera. Dubitativo, y sin encontrar salida posible, me incorporé y caminé hacia la puerta, a la espera de saber que grave o ínfima enfermedad me había arrastrado hasta allí.