jueves, 21 de abril de 2011

Dos caladas

Enciendo un pequeño fósforo y seguidamente prendo la punta del cigarro. Inhalo humo.
Siempre he pensado que un cigarrillo es como la vida. Se consume lentamente. Cada calada representa un pequeño instante de placer o felicidad que durante unos segundos prende incandescente, brilla, mientras se introduce en tu ser. Luego saboreas el momento. Lo tienes dentro, lo estas viviendo, y millones de sensaciones se desatan dentro de ti. Por ultimo lo expulsas, solo queda el recuerdo de lo que fue, y la estela de humo, para recordártelo.

Otra calada.

Cada uno de estos momentos es irrepetible, no aspiraras dos veces el mismo humo, ni vivirás dos veces el mismo hecho.
La nueva calada te trae nuevas experiencias, pero aun queda en tus labios el sabor de la anterior. El humo aun es visible, pero cada vez mas difuminado en el ambiente, hasta que desaparece, para dejar paso a otra ráfaga de vivencias. Puede que esta haya sido amarga, o incluso más placentera que la anterior, pero no por ello mejor ni peor.


Sacudo la ceniza.

El cenicero se va llenando de la gris materia que deja tras de sí un recuerdo. Al principio compacto, pero poco a poco se va dispersando por el peso de nuevos trozos de ceniza, que substituyen los antiguos. Algunos perduran, resultado de intensas caladas que han prendido en tus adentros. Otros se desvanecen al caer, frágiles motas de polvo, demasiado débiles para perdurar, sin fuerza para resistir.

Apago el cigarro.

Al final, cuando solo quedan los suspiros que queman los labios, terminas. No hay tiempo para más. Aprietas la pequeña barrita incandescente contra el cenicero. Solo queda una pequeña parte de lo que una vez fue, arrugado, dejando tras de si una ínfimo hilo de humo, que te rodea con la fragancia que solo la vida emana.

1 comentario:

  1. Esto, no hay otra manera de decirlo, es increíble!
    Nunca volveré a fumar un cigarrillo sin pensar en esto...

    ResponderEliminar