jueves, 14 de abril de 2011

La espera

Una sala fría y gris. Un ambiente tétrico, como si le hubieran quitado toda la luz y la energía a ese lugar. La sala de espera de un hospital siempre me había desesperado.
Algunos caminaban, perdidos, sin rumbo aparente, vagabundeando de un lado a otro de la habitación. Otros, permanecían sentados, con el desanimo que aquel lugar inspiraba.

Una pequeña muchacha sonreía, mientras sostenía una muñeca de tela, ignorante del motivo por el que estaba allí. Su madre, o al menos eso parecía, le reprochaba los gritos, obligándola a permanecer sentada y en silencio.
Un anciano observaba la situación. Parecía cansado, apoyaba su cabeza sobre los cansados brazos. Su mirada turbia escondía unos ojos azul grisáceo. Bostezo. Se le veía acostumbrado a aquella situación, como si se tratase de algo rutinario.



La enfermera vociferó el nombre de otro paciente, a la vez que otra persona salia del consultorio.
Otro más pa' adentro” – Pensé. Siempre he tenido una idea negativa de los centros médicos y nunca los pisaba a no ser que fuera estrictamente necesario. Cuando alguien acude al medico es porque algo va mal y no me gusta que las cosas vayan mal.

La verdad, no es que estuviera especialmente grave, pero la molestia en el estomago hacia ya demasiados días que duraba, y ya fuera por la presión de mi familia o por mi profundo sentimiento hipocondríaco, decidí que me lo miraran.
Otra mujer fue despachada de la consulta. Su cara expresaba preocupación. La mano del medico sobre su hombro, acompañando a la triste dama, no hacia mas que agravar la escena.

Los nervios comenzaron a traicionarme. Un ligero sudor comenzó a emanar de mis sienes y axilas. “¿ Realmente me encontraba tan mal?” Mi cerebro, muerto de miedo, empezó a disuadir el dolor, a lo que a mi mente surgió la gran frase: “¡ Pero si ya no me duele !”
Titubee un instante. Que debía hacer? Marcharme y que la naturaleza siguiera su curso? Me gustaba respaldarme en soluciones naturistas y conspiraciones anti-sanitarias para librarme de la visita.

De pronto, todo se nubló. Un escalofrío recorrió mi cuello. Era mi nombre el que acababa de pronunciar aquella robusta enfermera. Dubitativo, y sin encontrar salida posible, me incorporé y caminé hacia la puerta, a la espera de saber que grave o ínfima enfermedad me había arrastrado hasta allí.

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