lunes, 15 de octubre de 2012

Memoràndum


Un pequeño atisbo de luz recorrió la habitación. En la pared no se veían más que las negras manchas producto de la humedad. Una litera y una pequeña mesita de noche es todo el mobiliario que la acompañaba.
Silencio, frio y la privación de libertad, todo lo que allí podía encontrar.

- ¿Cuánto tiempo llevaré aquí encerrada?

Durante el aislamiento las horas parecen días, y los días años. No recordaba si quiera el momento de su clausura.

- ¿Quedará mucho más?

La espera para una ejecución de ese tipo se convierte en algo infernal. Unos últimos minutos de vida, quizá horas, pero los últimos. Habría alguien que se acordara de ella? Pensó en su juventud, ni siquiera recordaba su edad.

- Tiempos en que todo el mundo sonreía al oír mi llegada...

Aun sabiendo el destino que deparaba, mantenía la ínfima esperanza de ser rescatada. Recordaba sus vivencias, en tantos y tantos lugares en los que había estado. Hubo un tiempo donde la gente la admiraba y respetaba, pero todo eso acabó. Su nombre era ya una leyenda, de aquellas que los abuelos cuentan a sus nietos, y que los nietos olvidarán por tradición.

Siempre pensó que la suya sería una vida de evolución y crecimiento. Aunque tuvo un duro principio, consiguió calar en su lugar de origen. Más tarde tuvo que exiliarse durante unos años, pero su sentimiento volvió a resurgir con fuerza, expandiéndose por donde pisaba. Un periodo de gloria precedió a estos días, pero la cosa se torno gris. Poco a poco, su canto, antes claro y cristalino, se fue difuminando hasta perder la esencia con la que había irradiado. Su espíritu empezó a distorsionarse, quien hablaba de ella ya no lo hacía con propiedad, y surgieron ideas equivocadas sobre su persona.

Finalmente la condena. Ya solo era un reducto del pasado, algo que olvidar. Quien provocó esto tenía claras sus intenciones. Borrar cuanto había sido, y que los que la conocieron, perdieran la esperanza en aquella luz que tantos caminos había abierto.
Recordando todos los fotogramas de su vida recorrió sus últimos instantes. Unos pasos secos y autoritarios, faltos de calidez y vida, se oían acercarse a la puerta de la celda. El estremecedor sonido de la llave en la cerradura, y por último, su nombre, que como muchos otros antes habían sonado para no volver a ser escuchados:

-Democracia.

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