sábado, 27 de octubre de 2012

Sonriendo al esperpento

Como tantos otros días  la mañana amaneció: el sofá estaba revuelto, el cartero ya pasó.

Distraída se levanta y prepara una taza de café, necesitaba una dosis de energía para afrontar el nuevo día.
Cada mañana se sumía en la rutina: desayuno, lavadoras, la compra, preparar la comida... todas esas tareas que, aun pareciendo rutinarias, conyeban un arduo trabajo.

Una ducha fría. Siempre le gustó sentir el agua helada cayendo sobre ella, fuera invierno o verano, le ayudaba a aclarar la mente.
A sus cincuenta años de edad poseía una energía fuera de lo común. La vida, como a tantos otros, no se lo había puesto fácil, pero no por eso iba a dejar de luchar.

Y hace frente a la mañana con su humilde despertar, sonriendo al esperpento que no la quiere mirar.

Tras vestirse y maquillarse, emprende el camino al mercado. La calle, que ya hace horas a amanecido, es un concierto de sensaciones: vendedores ambulantes, niños de camino al colegio y algún hombre despistado cabizbajo en el periódico del día. Todo parece caótico, pero responde al más perfecto baile, todo el mundo desempeña su papel, cada uno interpreta su personaje a la perfección.
En el mercado el ambiente es aun más caldeado. Las pescaderas gritan sin parar las ofertas del día y los carniceros exhiben sus piezas como si ellos mismos las hubieran cazado. El resto de transeúntes caminan como ganado en busca del mejor precio.

Cuatro dientes de ajo, dos muslos de pollo y medio quilo de cebollas. Todo lo que necesita para pasar el día está a su disposición, ni más, ni menos, excepto por un pequeño trozo de regaliz que compra en la parada del final del pasillo, cual pequeño premio por su infinita bondad.

Y limpiando y cocinando llegará a la saciedad, de ese proyecto de vida que la empuja hasta el final.

En casa empieza a preparar el asado. Su marido no tardará en llegar y le gusta que la comida este preparada. Siente que es lo mínimo que se merece, pues el trabajo en la fábrica es duro y está agradecida del esfuerzo que hace por la familia.

Recoge la ropa que quedaba tendida y la deja en el sofá para más tarde doblarla. La tarde amenazaba tormenta y tenía que ser previsora ante esto. Quizá el fin de semana venga a verla su hijo, últimamente estaba ocupado con asuntos laborales, pero la posibilidad de una visita era suficiente motivación para dejarlo todo perfecto. Quince minutos, la cebolla ya estaba en su punto.

Una sonrisa sincera y un atisbo de verdad, hace el mundo más bonito ante esta infame realidad.


Fotografía por:  http://www.flickr.com/photos/hernanpc














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