lunes, 10 de diciembre de 2012

Lo que esconde tu disfraz


"Muy coqueta y retocada, intentando aparentar, una cara transformada, cual careta de disfraz"

Como todas las mañanas, observaba amanecer ya en la calle. La vida del artista es dura y no se podía permitir perder su lugar en la rambla.

Abundante maquillaje, un ropaje extravagante y unos zapatos que hiciesen gala de su nombre. Siendo un actor de la calle requería que su apariencia llamara la atención. La gente en general ni si quiera se detenía a observar su trabajo, mas siempre sonsacaba alguna sonrisa infantil a los niños que paseaban.

Aun no era hora punta, por lo que empezó con un número sencillo. Llevaba años repitiendo la escena de la pared invisible, pero aun así siempre conseguía sorprender a alguien que, ensimismado, lo agradecía con algunas monedas. No era un trabajo bien remunerado, pero la satisfacción personal que obtenía era suficiente. Como artista había renunciado a un modo de vida predeterminado, su oficina era la calle y su uniforme variaba cada día de la semana.

Después de acabar el primer número algo le llamó la atención. Una chica joven, debía rondar los veinte, pasó frente a él anonada por la música de sus auriculares. Se trataba de un perfecto prototipo: peinada como marcaban las tendencias de moda, sombra de ojos, pintalabios, maquillaje en los pómulos y un atuendo característico. No podía enumerar cuantas jóvenes de similar edad había visto vestidas casi de la misma forma. Pesé a que era una mujer de buen ver no le resultó atractiva. Escondía su verdadero rostro tras un lienzo de maquillaje y la ropa solo denotaba una clara tendencia a la egolatría que incluso llegó a molestarle.

Siguió con la función. Está vez escenificó un baile, junto con aquella mujer invisible con la que tantas noches había soñado. Nadie podía verla pero su rostro palpitaba claro y lúcido en su mente. El espectáculo de música insonora fue agradecido con unas pocas monedas más. 
Agotado decidió posponer su balada un tiempo, aun era invierno y unos minutos bajo el abrigo le ayudarían a recuperar la temperatura.


Otra mujer se cruzó con su mirada. Nada tenía que ver con la anterior. Su rostro, libre de antifaz, inspiraba fuerza y confianza. Caminaba bien recta, con la mirada puesta en el horizonte, escondiendo una leve sonrisa en los labios.  El pelo le caía por los hombros y parte del rostro, difuminando una mirada risueña de curiosidad y simpatía. Bajo su abrigo las ropas que vestía se le antojaron como normales, no parecía que le preocuparan mucho, aunque tampoco le parecieron estrafalarias. Tanta naturalidad le conmovió. Era una persona bella de verdad. Quizá el hecho de ser mujer le inspiró más atractivo, pero no se trataba de algo físico.

Su trabajo le obligaba a esconderse bajo disfraces,  a ocultar la realidad existente tras ellos. Él era una persona corriente pero durante la función debía interpretar y escenificar otra cosa, gajes del oficio. Su belleza se escondía en el interior. Una forma de hablar, de gesticular, de mirar o de acariciar, y era eso lo que él buscaba.

Volvió en si mismo y reaccionó. Ya había descansado suficiente. Guardó el abrigo en la mágica caja del mimo y reemprendió el espectáculo.

Fotografía por: http://www.flickr.com/photos/hernanpc

2 comentarios:

  1. Me ha encantando, aunque seguiria un largo debate sobre "lo que esconden los disfrazes" y lo que la percepcion esconde al que mira... Es genial como escribes. Si además te gusta y tu carrera es la filosofia, veo un buen literario en ti!

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    1. Me alegro de que te haya gustado! Me encanta escribir, pero no me dedico a la filosofía, estudio historia!

      un abrazo.

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