domingo, 12 de abril de 2015

Más allá de las leyes de los hombres

Había sido solo un presentimiento, pero sí, estaba llegando el final. 

De pronto, solo importó todo lo vivido, todo aquello que nos había hecho tal y como éramos.
Nuestras ideas habían cambiado el mundo, nuestro mundo, y ya tan solo nos quedaba continuar, por caminos separados, por la larga senda que nos quedaba por recorrer.

Recuerdo nuestras primeras reivindicaciones. Si bien antes ya lo intuíamos, conocernos significó un impulso a nuestras ideas. Estábamos cansados de vivir bajo moldes, de adaptarnos a todo aquello que se esperaba de nosotros, por lo que decidimos hacer de nuestra vida literatura. ¿Porqué no podía ser posible un amor de cuento? ¿Tampoco una vida de aventuras? ¿Debíamos resignarnos a aquello a lo que la mayoría llama vida? No. Y descubrir esta respuesta fue como volver a nacer.

Aburríamos las normas establecidas, y por ello decidimos renunciar a ellas. Más allá de las leyes de los hombres existía un mundo de libre albedrío, un mundo en el que únicamente aquello que sientes tiene sentido, aunque fuéramos locos a los ojos de los demás. Todo formaba parte de nuestra experiencia vital, y no estábamos dispuestos a renunciar a ello.
Experimentamos lo que era vivir enamorados de manera perpetua, no amoldados a la vida en pareja, estancados en rutinas y convivencias forzosas sin sentido. Sentir y amar era mucho más que eso. También hacia el exterior todo cambio. La concepción que el mundo tiene de si mismo es aquello que le da forma, y aunque fue algo difícil de entender, supuso una de las grandes puertas a cruzar. Vimos más allá de formas y etiquetas, de rostros, apariencias o etnias. Fue como despertar de un largo letargo, en el cual habíamos vivido, engañados por un escenario donde todo representaba un papel.

Pese a todo, nuestro gran descubrimiento fue el de la muerte. Vivimos para morir, y decidimos actuar en consecuencia. No valía la pena morir por la tranquilidad ni la seguridad de occidente, ni por la salud o el bienestar. Por ello buscamos en las grandes historias, donde la muerte por un amor, por un ideal o por un objetivo convierten ese último momento en leyenda.

La conjunción de todo aquello acabó, temporalmente. Ahora recorremos el mundo buscando. ¿El qué?, se preguntarán muchos, pero no existe tal respuesta, no es necesaria. Buscar algo en concreto focaliza demasiado la atención. Buscar, sin saber qué, permite un abanico de posibilidades infinitas, donde a cada momento puedes encontrar algo que, aun sin saberlo, necesitabas encontrar.


Fotografía por: https://www.flickr.com/photos/hernanpc/

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