miércoles, 1 de abril de 2015

Sí, era esa luz

No necesitamos riendas ni correas, el simple vaivén del viento indicaba la dirección a seguir. Los recuerdos, como las ideas, solo formaban parte del imaginario colectivo de aquel momento. Nada existía ni existió, nada hacía falta. Únicamente nos movía el firme propósito de avanzar. 

Caminábamos juntos, si, pero era mucho más que eso. La crudeza del destino, si es que existe tal cosa, nos había llevado a aquel momento, libres de condicionantes externos, presos de una libertad sin parangón, condenándonos a vivir tan intensamente que solo la muerte podría habernos detenido.
Mis ganas de explorar y tu templanza; mis momentos de duda, tu confianza. Formábamos un binomio difícil de interpretar, dos piezas de conjuntos tan distantes que el simple hecho de verlas juntas ya resultaba un regalo para los sentidos.

Nuestra decisión se convirtió en viaje, y el viaje en leyenda, pues algo superior nos guiaba en todo aquello. No podía ser cosa del azar, ni de la casualidad, simplemente debía ser así.
Cabe añadir que nuestra aventura no fue solo terrenal. La inmensidad de los paisajes que visitamos estaba decorada con tus explicaciones sobre el territorio, un mar de estratos y accidentes geográficos. Eran explicaciones técnicas, que en la mayoría de casos carecían de sentido para mi, pero no era aquí donde radicaba su fuerza. Tus palabras emitían brillo, un brillo que solo puede entenderse si realmente amas lo haces; un brillo característico de aquellas personas únicas, entregadas, apasionadas por el conocimiento, y eso era más de lo que nadie podía pedir. Cualquiera puede hacer una descripción de la luz artificial, que tan afanosamente los hombres se empeñan en mantener. La luz de los astros, en cambio, está reservada a un grupo más selecto, el de los músicos, poetas y soñadores, mentes ambulantes capaces de ver más allá de las formas. No obstante, existe otra luz, una luz no visible con la vista, una luz reservada a aquellos que no ven con los ojos, capaces de mirar con el corazón y el resto de los sentidos, una luz que se puede escuchar, pero también tocar, la luz de los ideales. Sí, era esa luz la que brillaba en ti, y la qué, sin tu saberlo, alumbraba cada paso que dábamos, en conjunción con las estrellas, marcando el sendero por el que debíamos continuar.


Fotografía por: https://www.flickr.com/photos/vidadesdoblada

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