jueves, 9 de marzo de 2017

Decidimos marchar

Decidimos marchar  allí donde las puestas de Sol no carecían de sentido; allí donde los vientos de invierno no anunciaban que el otoño de la juventud marcaba el final de los sueños; allí donde el sentido de las palabras no lo definían diccionarios, sino emociones y sentimientos; allí donde la Luna, tan lejos y a la vez tan cerca de esta despreocupada humanidad, era inspiración para músicos y poetas que, entonando estrofas y sonetos, maquillaban el gris manto que cubre el mundo real con las sutiles apariencias.

Decidimos marchar por todas las aventuras no vividas; por todos los momentos de mecánica esclavitud que nos ataban a la seguridad de la rutina; por todos aquellos y aquellas que, engañados por los manuales sociales sobre convencionalismos, abandonaron los viajes a las estrellas, la persecución de Romeos y Julietas, la búsqueda de tesoros y princesas.

En vísperas de la madurez, decidimos marchar. No por perseguir fantasías de cuentos, sino  por continuar con la estela de aquellos locos inconformistas cuyos sueños guiaban ahora nuestros pasos, trazando mapas de ilusión y esperanza que nos acercaban a aquellos lugares del mundo que, aunque transitados a todas horas, escondían secretos solo visibles para unos pocos.


Pertenecíamos a un club selecto cuyas puertas siempre estuvieron  y estarán abiertas, pero que muy pocos han osado atravesar.  Nos llamaban soñadores, cuando el término más adecuado hubiera sido vividores, ya que nuestra elección había sido vivir, con plenitud, abrazando todos los minúsculos y finitos instantes que componen una vida, no fuera a ser que cuando estuviéramos por morir descubriéramos que no habíamos vivido. Nosotros habíamos construido nuestros propios sueños y ese era el combustible de nuestros motores. 


Fotografía por: https://www.flickr.com/photos/hernanpc

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